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La buena obra de 2012

Hay que ver qué cosas mas curiosas me pasan a veces. Aprovechando un mínimo resquicio en el temporal de frío y un agujerito en las nubes, me llevo los perros a pasear por la playa mas cercana a mi casa. Es una playa muy plana, cuando baja la marea podemos caminar muchos, pero muchos metros. Normalmente todo esto que se ve está cubierto de agua.

Al bajar la marea ya véis que se forman charcos que finalmente se secan. Uno de los perros se acercó a algo que de pronto empezó a patalear. Mas bien aletear, porque era un pescado con forma de lenguado, rodaballo pequeño o sabe dios qué. Sardina no era, eso seguro, y para dar fe de ello como siempre ponemos la foto del animalito. Esta es la parte de abajo, por arriba era más oscurito y de tamaño, algo así como una cuarta y media de largo.

Mi perro, asombradísimo al ver una cosa plana en la arena pegando saltos. Yo, asombradísimo preguntándome qué hacía aquel bicho en medio de la arena, me imagino que se quedó atascado en una charca y al secarse ésta se vio perdido, boqueando sobre la arena. Debía tener buen aguante porque hacía un buen rato que la marea había bajado y seguía vivo. Lo cogí con cuidadito, lo acerqué a la orilla y lo metí en el agua. En principio parecía no reaccionar, así que lo empujé un poquito y espabiló, con un par de movimientos de cola se fue hacia el fondo y nadando se alejó. Mira tú qué bien. Ojalá nos volvamos a encontrar, yo en un restaurante y él en mi plato. Lo sé, soy un insensible, pero ¿qué culpa tengo de que estén tan buenos a la plancha?

Futboleando

Que esta gente está hecha de otra pasta diferente a la mía lo tengo cada día más claro. Tras varios días de lluvia fina y cielos grises, este domingo tuvimos una tregua y nos acercamos a la playa. Sol, nubes y un viento frío que congelaba las ideas, así que fuimos vestiditos más o menos como para conquistar el polo sur. Una vez allí vemos a lo lejos un tropel de gente yendo y viniendo. Leches, ¿y eso qué es? Allá vamos…

Ni más ni menos que un partido de fútbol en la arena. Un montón de valientes corre que te corre detrás del balón inasequibles al desaliento e impertérritos ante la corriente de aire congelada.

Me imagino que quien peor lo pasaría es el portero, paradito a la espera de jugadas en su área. Aproveché también para retratarlo porque entre la arena, el cielo y las nubes se notaba que la foto cuanto menos iba a ser bien colorida, y eso que la saqué con un móvil cuya cámara es de todo menos buena.

Iba yo pensando lo calurosos que son estos cántabros cuando a lo lejos veo salir del agua una chica en bikini. Casi se me caen los ojos al suelo, eso sí que es valor y el resto que se aparte…

Los números no son infinitos

En matemáticas se cumplirá que los números son infinitos, pero en cuestiones telefónicas os puedo asegurar que no. Uno, en su tierna inocencia, suponía que cuando le pides una línea a Telefónica te asignaban un número nuevo sin uso previo. Pues no. Ya en Tomiño pude comprobarlo, nos adjudicaron uno que anteriormente había pertenecido a una carnicería y el dueño era un pufero. Volvías a casa y lo mismo te encontrabas un mensaje en el contestador con un pedido de no sé cuántos kilos de churrasco y chorizos criollos para el fin de semana que otro de un banco pidiendo que contactaras con ellos urgentemente o, en su defecto, les pagasen no sé cuántas cuotas pendientes.

Al venirnos aquí cambiamos de número, ya que de una a otra provincia no los mantienen. Tras toda la aventura del alta, unos días después cae el primer mensaje de los de Orange pidiéndole a un tal Diego que les pague la factura del teléfono móvil. Pues sí que vamos bien…

A todo esto, ¿y para este asunto qué foto puedo poner? De teléfonos no tengo ninguna, un poste telefónico tampoco, pues mira, os cae una de mi perrita jugando en la playa. Cada vez que la suelto busca una piedra, se pone a escarbar alrededor, a izquierda, a derecha, fijaros cómo acaba la arena. Como se entretiene y me sale gratis, yo feliz.

Tobogán a la playa

Mientras dábamos un paseo alrededor de la península de la Magdalena para ir a ver el Faro de la Cerda (palabrita que se llama así), al llegar a la playa de la Magdalena esto es lo que se apareció delante de mis ojos: un pedazo tobogán que te manda del paseo a la arena.

Menudo invento, estas cosas no las había cuando yo era pequeño… ganas de tirarme no me faltaron, pero bueno, iba paseando mi perra y ella me dijo que ni loca se tiraba con lo cual me tocó quedarme con las ganas. La vida es así.